by Elio Leturia

Chicago—Proveniente de Seattle, pie derecho, pie derecho, Chicago fue la quinta bajan en la esquina del Tour EEUU-Canadá de Eva Ayllón este año. Nueva York, Houston y San Francisco le siguieron como paraderos finales.

“Cada noche que salimos al escenario es una magia”, empieza Eva, agradeciendo al público por su presencia, que llena la platea del Old Town School of Folk Music en una calurosa velada luego de un día de tormentas y aguaceros en la Ciudad de los Vientos. “Nunca sabemos lo que va a pasar, pero esta noche siento que la vamos a pasar muy bien”, añade Eva luego de interpretar Panalivio, habiendo ya zamaqueado con el zancudito que me picó a una inquieta audiencia.

“Hace como seis años que no vengo a Chicago”. La gente se queja: “¡Más, más!” “¿Qué culpa tengo yo que no me hayan traído?”, expresa ella. Con esa actitud provocadora  y tono travieso se mete al público al bolsillo. Bueno, no necesariamente pues el vestido ceñido, floreado al frente, y blanco por atrás que lleva esa noche, no tiene ninguno.

La sesión de valses de antaño se hace presente. Rebeca. Yo perdí el corazón. Nunca podrán. Baaaaandida. Pasión de hinojos. Alma de mi alma, cuando Eva dice: “Este tema tienes dos finales; el corto y el largo. ¿Cuál prefieren?” Se escuchan unos gritos y entre ellos: “Somos peruanas, somos peruanas!” “Yo lo sé que son peruanas, se les nota, yo lo sé, yo lo sé!, contesta. La gente ríe por la ocurrente respuesta. Eva prosigue para disimular la interrupción: “¡Aplausos para el Perú!”

Se nota que Eva Ayllón disfruta con el público al preciso nivel en que se conectan con ella, y que se encuentra preparada para toda clase de imprevistos típico peruanos. El escenario, aquí o allá, lo maneja como su casa.

Cambio de ritmo con Mi Compadre Nicolás, y las dotes del guitarrista Eddie Sánchez a quien presenta como su más reciente adición a su equipo, siete años. “Es muy raro que uno trabaje con un mismo equipo de artistas por tantos años”, dice Eva refiriéndose a sus otros músicos con quienes colabora por 25 y 30 años, se gún ella afirma. Sánchez interpreta magistralmente “Cuando llora mi guitarra”, tema reconocido por peruanos y extraños en el auditorio.

Pero Eva pasa de lo serio a lo juguetón, siempre teniendo a la audiencia y a sus reacciones en la mira. “Nuestro amor murió, todo terminó que vamos a hacer, así es … el fútbol”, canta cambiándole la letra al popular vals.

De pronto desaparece del escenario y regresa más bajita, de estatura. Ha cambiado sus zapatos de charol rosa de taco alto por unas zapatillas plateadas, tipo Mi Bella Genio.

“Me han operado de la rodilla y el doctor me rogó que a medio show me sacara los tacones. Bastante caro me costó la operación que el doctor se compró un carro”. La gente celebra el comentario. “Pero ahora sí, más cómoda, continuamos el show… ¡hasta mañana!”

Fina Estampa y José Antonio le siguen. “A ver si recuerdan estos temas” y da paso a Regresa, Como una Rosa Roja y Propiedad Privada, que hacen entrar al público en un trance. La gente canta acaloradamente, quien sabe si recordando las épocas de la dictadura militar y a Lucha reyes. De pronto Eva llama a alguien en la audiencia y le coloca una de sus pulseras que lleva en la muñeca. Esa constante conexión mantiene a la gente enganchada. Se ven algunos ojos húmedos con añoranza para interrumpir tal estado con Ingá, fríete cebolla y enciéndete candela.

Llega un cambio con Nuestro Secreto y Huellas, ambas clásicas canciones del repertorio de Eva, pero esta vez en una fusión con jazz, de ritmos muy marcados. Y es éste quizá el único momento en el concierto, que la música tradicional peruana a la que los inmigrantes estamos acostumbrados, se atreve a salir de los esquemas.

Eva Ayllón cumple con presentar a cada uno de sus compañeros en el escenario destacando a su hijo Carlos, a cargo de los tambores, a quien presenta como una sorpresa en el show y con quien canta a dúo “Cariño Bonito”. En un momento, su hijo la mira muy seriamente antes que llegue su parte y se puede leer en sus labios que le dice: “Más bajo”. Es que la voz alta y potente de la Ayllón es cosa de temer.

Eva prosigue pidiendo aplausos para el Zambo Cavero al cantar Contigo Perú. El tema arrasa emociones a quienes recuerdan al país que llevan cargado en las entrañas. Aprovechando de ese sentimiento, Eva se dirige a una mujer en la audiencia y le dice: “Te quiero dar las gracias porque haces que tu hombre cante contigo aunque no se sepa la letra”. Luego llama al monolingüe novio gringo quien se acerca y Eva le regala otra de sus pulseras. “Muchas gracias a ti por cantar mis melodías peruanas”, le dice. Con esos gestos y palabras, no hay público que no la adore.

Alguien grita pidiendo ¡Despacito! O Eva se hace la sorda o no la escucha.

Toro Mata rompe la tensión y se arma la jarana, ay la pondé pondé, pondé, mañana comemos carne y le dije a papá, yo quiero ser como tú en Raíces del Festejo.

“No importa donde vivamos; al Perú se le lleva en el corazón”, se despide Eva de una audiencia satisfecha. Como es de esperar, el público le pide otra, otra, y Eva finalmente concluye con El Bello Durmiente de Chabuca, diciéndole a todos, te amo, Perú.

English-language version after the video.

Elio Leturia es profesor de periodismo multimedia en Columbia College Chicago.


Chicago—Coming straight from Seattle, her flight delayed by stormy weather after touring Montreal and Vancouver, Chicago was the fifth stop in Eva Ayllón’s USA-Canada Tour this year. New York, Houston and San Francisco followed suit.

 “Every night we appear on stage is like magic,” Eva shares with an audience that fills the Old Town School of Folk Music’s theater in a hot evening, after a day of thunder and downpours. “We never know what’s going to happen, but tonight I feel we’re going to have a great time,” adds Eva after singing Panalivio, a popular Afro Peruvian rhythm that has already stung her restless audience.

 “I have not been to Chicago in six years.” People contradict her: “More than that, more!” “It’s not my fault that they have not brought me,” she mischievously responds. With that provocative attitude and challenging tone she already has the public in her pocket. Well, not necessarily, because her really tight flowered-pattern dress, has none.
 

She continues with a substantial old-world collection of Peruvian waltzes. Rebeca. Yo perdí el corazón. I lost my heart. Nunca podrán. They never will. Baaaaandida that she sings with her portentous voice. Pasión de hinojos. Passion on knees. Alma de mi alma. Soul of my soul, when Eva says: “This song has two endings: A short one and a long one. What do you prefer? A group screams: “We are Peruvian, we are Peruvian!” “I know you are Peruvian, I already noticed, I know, I know! People laugh at her answer. Trying to disguise the interruption, Eva asks: “Put your hands together for Peru!”

It is so clear that Eva Ayllón connects with the public at the precise level in which they connect back to her, and that she is prepared for any kind of unforeseen typical Peruvian reactions. The stage is all hers; no doubt about that.

A change of pace comes with Mi Compadre Nicolás, followed by the introduction of guitarist Eddie Sánchez whom she presents as the most recent addition, seven years. “It’s very rare for an artist to work with the same team of musicians for so many years,” says Eva, referring to her other colleagues whom she has spent between 25 to 30 years together, as she points out.  Sánchez masterfully plays “Cuando llora mi guitarra,” a well-known theme recognized by Peruvians and strangers in the auditorium.

Going from serious to playful, and always having the audience and their reactions in sight, she sings: “Nuestro amor murió, todo terminó, que vamos a hacer, así es … el fútbol,”  (“Our love died, everything ended, what are we going to do, that is how …  soccer is,”) changing the lyrics —soccer instead of life— to the popular waltz.

Suddenly Eva disappears from the stage but comes right back, shorter in stature. She had changed her pink patent leather stilettoes to silver flats.

“I had knee surgery and the doctor begged me to take my heels off at half-show. It was a very expensive operation … that the doctor bought a car!” People celebrate the joke. “But now, now more comfortable, we’ll continue the show … until tomorrow!”

Fina Estampa and José Antonio follow, celebrating two of the most well known Peruvian songs. “Well, let’s see if you remember these melodies,” Eva challenges and continues singing Regresa (Come back,) Como una rosa roja (Like a Red Rose) and Propiedad Privada (Private Property,) which makes the audience enter in a trance. People sing along possessed by the memories of yesteryear, who knows if they are remembering the military dictatorship times and La Morena de Oro del Perú singer Lucha Reyes, who immortalized those songs.

All of a sudden Eva calls someone in the audience and puts one of her bracelets on her wrist as a present. That constant connection keeps people hooked, some of them with longing moist eyes.

There comes a change with Nuestro Secreto (Our Secret) and Huellas (Tracks,) both classic songs from Eva’s repertoire, but this time in a fusion with jazz. This is perhaps the only moment in the concert, that the traditional Peruvian music —to which immigrants are accustomed— dares to leave the conventional schemes.

Then Eva Ayllón introduces each of her comrades on stage by highlighting her son Carlos, in charge of the drums, whom she presents as a surprise in the show by singing a duet: “Cariño Bonito.” At some point during the song, Carlos stares at her very seriously and you can read his lips begging: “Go lower.” Imagine. How can you match Eva’s powerful voice?

Then Eva requests an applause for Zambo Cavero who wrote Contigo Perú. This waltz makes Peruvians shudder with emotion remembering the country they still carry in their soul. Taking advantage of this moment, Eva addresses a woman in the audience saying: “I want to thank you because you make your man sing with you even if he does not know the lyrics.” Then she calls the gringo boyfriend and places in his wrist another of her bracelets. “Many thanks to you for singing my Peruvian melodies,” she adds. With these gestures and words, there is no one who can’t stop adoring her.

The landó song Toro Mata breaks the intense moment and the revelry continues. Ay la condé condé, condé, mañana comemos carne and le dije a papá, yo quiero ser como tú in Raíces del Festejo marks the pinnacle of the celebration of black Peruvian music.

“It does not matter where we live; we carry Peru in our hearts,” Eva says waving goodbye to a joyous audience. As expected, the encore is requested and Eva comes back with El Bello Durmiente (The Sleeping Beauty) of Chabuca Granda, telling everyone, Te Amo, I love you, Perú.

Fotos and words by Elio Leturia.
Elio Leturia is professor of multimedia journalism at Columbia College Chicago.

 

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